Entrevistamos a Laura Molina, querida compañera nuestra de salidas en Trail y Aguas Abiertas. Desde que la conocemos, nos hemos contagiado de su alegría, su compañerismo, su energía brillante, sus inacabables planes, sus ganas de disfrutar de la vida en buena compañía; la de sus amigos, y la de ella misma.

Desde el Cap de Creus en Cadaqués, al Cabo Higuer en el País Vasco, realizó el verano pasado la Travesía de los Pirineos, (Transpirenaica).

Y cómo?, con todo su coraje y en solitario. Hemos querido recoger sus propias palabras contándonoslo, ilustradas con bellísimas imágenes.

Si queréis disfrutar de esta imponente aventura montañera…..seguid leyendo!!!

 

¿En solitario? ¿Por qué?

Hace tiempo aprendí que si quería hacer todo cuanto soñaba en esta vida, no podía estar esperando o buscando quien me llevase. Empecé a vivir mis propias aventuras, y ha sido lo mejor que he podido hacer. Porque los sueños están para cumplirlos, pero no vienen solos, hay que ir a por ellos. Y este ha sido uno de ellos. También tengo que reconocer que soy un poco lobo solitario, me gusta estar y pasar tiempo sola.

Y cuando estás sola ante un reto así, todos tus sentidos se agudizan. Saber que eres capaz de superar los obstáculos y los contratiempos por tí misma te hace más fuerte para la vida en general. Y entonces, cuando llega el momento de ir con otra persona, disfrutas y valoras mucho más todo lo que te aporta.

 

Es la pregunta que más me han hecho:

“¿Y vas tú sola?”

Yo siempre respondía lo mismo: “Sola, feliz y sin miedo”

También me han preguntado mucho: “¿Y no tienes momentos de crisis en los que te falla la cabeza?”

Y lo cierto es que no, no tuve ninguno. No perdí la ilusión en ningún momento, por agotada que estuviese. De hecho, de los días más duros y difíciles es de los que creo que más se aprende. Porque cuando todo va bien no te cuestionas demasiado las cosas.

Practico varios deportes de resistencia, así que paso muchas horas entrenando en solitario. Sabía que mentalmente estaba preparada para ello. Estoy en paz y muy bien conmigo misma. Y es precisamente esa fuerza mental lo que más sorprende a la gente.

Recordar la lesión que tuve hace menos de un año, cuando estaba en la cama del hospital sin poder andar, también me dio mucha fuerza en el camino.

 

¿Desde dónde hasta dónde?

Desde el faro de Cadaqués, en el Cap de Creus, hasta el faro del Cabo de Higuer, en el País Vasco. Sumé 882km y 45.600m de desnivel positivo en los 37 días que me llevó andarlos.

 

¿Por qué en esta dirección?

En origen, la transpirenaica parte del Cabo de Higuer y termina en el Cap de Creus, pero yo la hice al revés. El primer motivo fue por llevar el sol de espalda toda la mañana, y es algo que agradecí muchísimo. Por otra parte, me parecía más emocionante y motivador ir de lo conocido y familiar hacia lo desconocido.

 

¿Cómo era tu día? Tiempo de descanso y de actividad

En la montaña los horarios van marcados por la luz del sol. Te metes en el saco cuando anochece y te levantas para empezar a caminar con el amanecer. Es cierto que los días que me tocaban etapas más cortas o de terreno menos técnico, me hacía un ratito más la remolona… Normalmente dormía bastante, entre 7h y 10h. Y caminaba unas 8h30 de media al día.

En Góriz tuve que hacer stop obligado de un día porque teníamos alerta naranja por tormentas. Fue el único día que paré. Aproveché para comer bien y cargar pilas, aunque el cuerpo se relajó y al día siguiente me costó más que si no hubiese parado.

 

Tu etapa favorita

Difícil elegir, pero me quedo con dos:

La etapa que pasa por la zona del Comapedrosa es una de ellas. Se sale de Andorra y se vuelve a entrar en Cataluña. Termina en el refugio libre de Baiau, a 2517m. Ese lugar me pareció mágico. Volveré en cuanto pueda.

Y la etapa de La Pineta a Góriz, posiblemente la más dura y la que más disfruté, pasando por el collado de Añisclo y sus trepadas… ¡me pareció espectacular!

 

Tu mejor y peor día

Lo cierto es que no tengo mejor ni peor día, solo muchos momentos que no quiero olvidar. De cada etapa me llevo mucho, hasta las más complicadas las recuerdo con cariño y son también parte del juego y bienvenidas en mi camino.

Pero sí que puedo hablar de las horas que se me hicieron más duras.

Llevaba tres días seguidos de vivac y en el último me confié y no miré la predicción del tiempo. Había un cielo totalmente despejado y lleno de estrellas cuando cerré los ojos. A poco más de las 6h de la mañana me despertó la lluvia, y estaba a unos 2000m. Ahora, desde el confort del hogar es fácil contarlo, pero en la montaña estas situaciones pueden impresionar mucho. Simplemente hay que estar tranquilo, avanzar con confianza, despacito pero sin pausa para no quedarse muy frío y saber que pronto pasará. En alta montaña las lluvias son frecuentes y hay que estar preparado para ello.

Me vestí y guardé todo en la mochila, tan rápido como pude, y a caminar con agua a chorros y mucho viento. A la hora de estar subiendo y subiendo por piedras resbaladizas, necesitaba meter algo al cuerpo, pero los dedos estaban congelados, así que me costó mucho coger aquel plátano y una onza de chocolate, pero lo conseguí y me vino fenomenal. Fueron 10 km duros, pero al final llegué a un camping donde reviví con un buen bocata de tortilla, un zumo y un café con leche calentito. Después, seguí camino hasta que crucé a Navarra. Aquel fue mi último día en Huesca, una despedida épica.

Dentro de lo imprevisible que es la montaña, hay que intentar tener bajo control todo cuanto esté en tu mano. Así que aquí tuve un fallo. Y aunque lo llevaba aprendido de otras veces, ya sabemos… el hombre suele tropezar dos veces o más con la misma piedra.

Tengo que decir que yo no me lo pienso mucho cuando me toca salir a entrenar con frío, viento y lluvia, salgo y ya está, y además lo disfruto como una niña. Creo que al cuerpo hay que sacarlo de vez en cuando de su zona de confort para que se haga duro y esté preparado ante posibles situaciones parecidas. Claro que siempre con cabeza y sin riesgos, en zonas conocidas y que no supongan un peligro. Y así, cuando llega el momento, lo cierto es que no es tan doloroso. Lo asumes como una parte más y lo afrontas con naturalidad.

 

Un momento especial

En la primera semana del GR11 llegué a St Aniol. En aquel lugar viví mis primeras aventuras montañeras cuando era pequeña, junto con mi tío Sergio y mis primos y primas. Esa emoción de la mochila en la espalda hacia un mundo que era nuevo para mí es algo que no olvidaré. Recuerdo aquellas noches, metidos en el saco contemplando el cielo y escuchando las historias que nos contaba mi tío. Esos momentos me marcaron para siempre. Recuerdo con mucha claridad pensar: “esto es lo que yo quiero sentir toda mi vida”.

Así que, volver a pisar St Aniol algo más de 20 años después fue un momento muy especial.

También lo fue la primera vez que vi el mar después de 37 días caminando. Lo había conseguido. Aunque fue un momento raro… Estaba feliz por terminar y con pena al mismo tiempo.

 

¿Has pasado hambre o sed?

Traté de comer e hidratarme todo lo bien que pude. Analizaba las etapas para ver cuándo pasaba por zonas en las que podía conseguir comida o no, y entonces cargaba la mochila en función a ello. El peso penaliza mucho y las piernas lo terminan pagando, así que tampoco puedes pasarte, por lo que muchos días no metes al cuerpo todo lo que desgastas. Hay que saber encontrar un equilibrio. Eso sí, cuando paraba en pueblos, albergues o refugios guardados, comía por tres. Aún recuerdo cómo me miraba a veces la gente. Debía de parecer muy hambrienta.

En las primeras etapas había menos agua, así que cargaba con toda la que podía. A partir de la primera semana el agua ya no fue un problema. Había bastantes ríos y fuentes en el camino.

¿Qué echaste menos y qué de más en tu mochila?

Con la mochila acerté bastante. Usé todo lo que cargaba excepto el botiquín, lo cual es algo bueno. Tampoco usé los crampones, pero preferí llevarlos para ir más segura si encontraba hielo en zonas altas, como puede ocurrir en el collado de Tebarray. Cuando me tocó pasarlo ya se había desecho, y los neveros de esa zona pude bordearlos sin problema.

 

¿Qué llevabas contigo?

Seguro que me dejo cosas, pero os cuento:

  • Los mapas en papel con todas las etapas del GR11. Me los estudiaba a conciencia por las noches para ver kilómetros, desnivel, tiempo aproximado que me llevaría, puntos donde podía comprar comida, coger agua o dormir…
  • El móvil dentro de una funda para el agua, con los tracks descargados, reloj GPS y frontal. Una batería para cargar estos aparatos las noches que no pasaba a resguardo.
  • Saco, esterilla y tienda.
  • En los pies, las Sportiva Akyra, resistentes y con buen agarre. También calzado para usar en los refugios, duchas o cuando te metes en el río.
  • Bastones, para mí imprescindibles. Liberan de mucha carga a las piernas.
  • Ropa interior, camiseta y pantalón cortos de quita y pon.
  • Una camiseta térmica, sudadera muy ligera y pantalones largos.
  • Goretex para caminar con frío, viento y lluvia. Y un plumas para las noches frías y los vivac.
  • 2 bragas, para cuello y cabeza, guantes, gorro y gafas de sol.
  • Neceser con un mini peine, cepillo de dientes, crema del sol, protector labial, vaselina que me echaba en los pies todas las noches y una pastilla de jabón natural para cuando lavaba la ropa a mano en refugios guardados o albergues. La usaba también para el cuerpo y el pelo. Cuando tenía la suerte de poder darme un baño en el río, no utilizaba ningún producto (hay que cuidar y respetar la naturaleza). Simplemente aclaraba un poco la ropa del sudor y me quitaba el salitre del cuerpo.
  • Toalla pequeña y ligera.
  • 2 botellas de 1 litro para el agua y pastillas potabilizadoras, que me han venido fenomenal. Y reserva de alimentos. Normalmente pan, latas de atún o sardinas y algún tomatillo. También llevaba frutos secos tostados y chocolate. La fruta pesa, pero siempre que pasaba por un pueblo compraba, me daba la vida.
  • Papel, navaja, recipiente que hacía de plato y vaso y un cubierto que hacía de cuchara y tenedor. También bolsas de plástico para echar y transportar todos los desperdicios que generaba.
  • Botiquín con desinfectante, gasas, puntos de papel por si había que cerrar alguna una herida, también para hacer un vendaje o inmovilizar el tobillo en caso necesario, nolotil y paracetamol…

Dentro de la mochila, llevaba todo organizado en bolsas estancas de distintos colores, así sabía en todo momento dónde estaba cada cosa. Un acierto.

 

 

Muchas gracias por el interés en mi aventura y por esta entrevista.

 

Gracias a tí, Laura, por la emoción y la ilusión que nos has compartido.