Arrancamos encogidos por el frio

Arrancamos con el Sol pugnando por ganarle la batalla al frio. Abrigados y después de un reconfortante café, comenzamos el camino. El entusiasmo, después del fiasco del fin de semana pasado, no ha disminuido. Sin embargo, si el equipo. Nos faltaba Mónica (a la que todos volvemos a agradecer la acuarela que ilustra nuestro Cuaderno de Campo), Mar, Nieves, José Ignacio, Carmen y alguno más que espero me perdone por el olvido ¡En fin! Trece hubiese sido un mal número para algunos. Para compensar las “perdidas” disfrutamos de la presencia concentrada por no decir silenciosa de alguien que tiene mucho que decir de casi todo lo relacionado con la naturaleza, Julio. Gracias por tu presencia. A Javier, su primera vez, lo “trajo” Inés. Rosa, Luisa, Diana e Ibón ya habían disfrutado de esta u otras aventuras con el Club.

El despiste

La charla se anima enseguida. La pedriza da para mucho desde sus distintas formas de mirarla. Su vegetación, sus monumentos en piedra que hacen de la litología una ciencia a explorar. Su fauna que, aún dormida, nos da para alguna charleta sobre los buitres leonados, carboneros, chovas, buitres negros (escasos estos y cuando aparecen) y águilas igualmente escasas. Por otro lado, sin verlo (hubiera sido un milagro) mencionamos al gallipato, la cabra pirenaica (no vimos ninguna) y algún que otro espécimen que es habitual en la Pedriza. Tal era el entusiasmo que nos despistamos y perdimos la ruta inicialmente planificada. A decir verdad, fui yo el que se despisto por liderar la “cordada” y no ir concentrado. Pero como “los caminos del señor son infinitos”, un análisis retrospectivo nos hizo reconocer que lo que vimos desde esta vertiente, no lo hubiéramos vista tan claro desde la ruta planificada. En cualquier caso, la recuperamos al atravesar el Cancho de los Muertos.

Nuestro “botanic man”

En esas andábamos, reorientándonos, cuando una llamada de atención puso en guardia a Ibón, nuestro experto en casi todo lo que es verde. Se unió, en esta ocasión al Claustro de “sabidillos” de cosas, como profesor titular de botánica y otras yerbas; es decir, nuestro, de ahora en adelante, “botanic man”. Nos enseñó las diferencias entre unas y otras plantas y/o árboles, pero si de alguna forma nos impactó, en el arranque de la ruta, fue cuando, con motivo de la explicación sobre la vida de un humilde liquen, nos habló de los cinco reinos. Todos creímos que iba a hacer un spoiler de Marvel y nos sorprende cuando se lanza con, ni más ni menos, este complejo galimatías de la ilustración de la derecha en donde, por cierto, no aparecen los líquenes, ¡cachis!. Interesantísimo. Con continuas advertencias por mi parte de; Ibón, que no llegamos; Ibón, corta ya; Ibón espera a Puente Poyos; él se dejó llevar por su entusiasmo y, obviamente si hacerme caso, capto toda nuestra atención y nos entusiasmó con sus explicaciones.

El Cáliz y el Cancho de los Muertos

Disfrutamos de una “piedra caballera” sin parangón, sobre un pedestal magnifico como El Cáliz. Obra de arte de la naturaleza sobre la que tuvimos ocasión de especular sobre su formación. Aparecieron los “pilancones”, concepto éste con el que sueñan algunos componentes del grupo; atravesamos el Cancho de los Muertos (otra escultura natural), no sin detenernos a contar parte de la leyenda que acompaña a este lugar y, finalmente, recuperamos el camino que inicialmente estaba planificado.

Decidimos “picar el paso” hacia nuestro objetivo y, salvo una corta parada en el Mirador para dar algunas indicaciones sobre orientación y apreciar otra vertiente de la Pedriza separada por el arroyo de la Ventana; la siguiente parada fue el objetivo, Puente Poyos. En el camino, pudimos apreciar como una nieve rala acentuaba la belleza del paisaje, anticipando lo que, de aquí en adelante, iba a ser factor común en esa parte de la naturaleza madrileña.

Nuestro objetivo

En Puente Poyos, un ¡¡¡ooohhh!!! generalizado e indisimulado nació de nuestras gargantas fruto de la admiración ante otra obra de arte de la naturaleza. También tratamos de adivinar como había sido posible, apoyándonos en cierta literatura relativa a esa fenomenología derivada de la acción climática. Hicimos fotos para inmortalizar el momento, abrimos nuestras mochilas e intercambiamos nuestros almuerzos y, una vez saciado nuestro entusiasmo por el objetivo conseguido y nuestro hambre, comenzamos el Taller Exprés, sobre el que no me voy a extender dado que hay documentación disponible.

El Taller Exprés

Simplemente apuntare que tratamos de conjugar conceptos sobre Calentamiento Global ligado al Efecto Invernadero, el Agujero de Ozono y sus derivaciones en el Cambio Climático. Ello sin olvidar que a lo largo de estos días se celebra en Glasgow el COP26 del que esperamos con algo de ingenuidad, resultados. Escuchamos el canto de alguna de las especies de aves que habitan la Pedriza, y aún tuvo tiempo nuestro “botanic man” para hablarnos de las particularidades del Mostajo (Sorbus aria). Pasamos muy deprisa por la Covacha de la Majada de Quila, hablamos de su tradición y en Cuatro Caminos, con el afán de acortar el nuestro, giramos a la derecha y, sin más dilación, llegamos a Canto Cochino.

El último hectómetro

Al momento de celebrar las victorias o penar las derrotas, en rugby y futbol se denomina “tercer tiempo”, en golf “hoyo 19” y otros deportes seguro que también tienen su tiempo y, éste, su apodo. Nosotros al final de nuestra ruta, le llamamos el “último hectómetro” que es cuando se ven el Torrero y Alta Montaña. Fue un rato agradabilísimo a lo largo del cual se desgranaron anécdotas de esta y otras rutas, se planificaron escapadas a Pirineos, se debatió sobre cuestiones relevantes del club y, en definitiva, se hizo equipo.

Gracias a los presentes y ausentes por hacerlo posible.