Había ganas, muchas ganas. El grupo rozaba los 30 participantes y nos presentamos puntuales en el aparcamiento de San Rafael para comenzar a patear senderos, cruzar pinares, ascender pistas empinadas y llegar a la cota propuesta, Cueva Valiente (1903 m).

Y nos pusimos en marcha en un día soleado de invierno, realmente invernal por el frío que se dejaba notar en las manos. Para empezar a calentar el ambiente nos dirigimos a cruzar la primera cancela que nos transportaba a una pista forestal entre los queridos pinares segovianos; trazado ideal para comenzar a desperezarnos. La primera vaguada no defrauda porque el arroyo que la surca lleva agua y un rumor que nos es familiar. En un punto nos detenemos para quitarnos algo de abrigo y tomar un sendero secundario que nos hace ascender junto a una alambrada herrumbrosa… en ese momento no nos damos cuenta que es el límite provincial entre Segovia y Ávila. (Reflexión: Como siempre, los animales de dos patas levantando muros, fronteras para saber que esto es mío, no tuyo). Una subida empinada, de las que hace jadear y tomar grandes bocanadas de aire pero… llegamos a Cabeza del Buey (1540 m). Primeras vistas de la Sierra.

Grupo llegando a Cabeza del Buey

Y el grupo es solidario, es terreno algo técnico y probamos el agarre del calzado en el granito serrano.

Desde la pradera descendemos poco a poco, tranquilos, incluso relajados, muy silenciosos, atentos a los gorjeos de los dueños de las alturas. Parece que anticipan la primavera y están haciéndose notar entre el ramaje de los pinos y la corriente del arroyo que baja con fuerza.

Grupo senderista sonriente en el sendero

 Pues sí, el momento que estamos viviendo merece una foto; en nuestras sonrisas está el reflejo del día.

Seguimos zancada tras zancada, tenemos por delante un tramo que no deja descansar. Son 150 metros de desnivel por una pista pedrera, no se puede avanzar rápido por este terreno. Es igual, el ritmo lo imponemos nosotros; la serpiente multicolor de Tierra Trágame se estira hasta que las primeros van llegando hasta un amplio espolón y allí nos vamos esperando. Agradecemos el sol dándonos en la cara y todos aprovechamos para un picoteo rápido; tan bien estamos que nos cuesta ponernos en marcha de nuevo.

Ahora, por la umbría discurrimos sabiendo que nuestra meta está un poco más cerca. Pero antes tenemos que visitar al “hermano pequeño”, de la pista principal nos desviamos por un sendero mínimo que asciende poco a poco, intuyendo el trazado hasta que avistamos un montículo de granito que trepamos para llegar a la cumbre de Cerro Valiente (1872 m). Llega otro momento de llenarnos los ojos de paisaje, de esa libertad que tanto ansiamos cuando salimos al monte.

Paisaje desde Cerro Valiente

Y nos llenamos los ojos con el valle del río Moros, Siete Picos, Peñalara, Guarramillas, La Pedriza… quién da más?

Es el momento de llegar hasta el collado, la decisión es continuar por un soleado sendero ascendente. Nos lleva hasta esa conocida llanura donde se encuentra el refugio y que antecede a la trepada hasta la misma cumbre de Cueva Valiente (1903 m). Antes de nada, ropa de abrigo porque aquí hace siglos que se dejaron la puerta abierta y siempre hay viento. Rápido llegamos todos a la ansiada cumbre de la jornada; por supuesto tenemos nuestra mejor sonrisa para la foto.

Grupo senderista en la cima de Cueva Valiente

¡Sí, que estamos en Cueva Valiente!

Pradera y refugio de Cueva Valiente

Desde el punto más alto de la jornada divisamos la Sierra de Gredos, ¿a qué merece la pena?

Pero lo mejor estaba por suceder, solo la mirada del que os habla lo pudo ver y captar. Y eso pasó así porque los protagonistas fueron todos los senderistas Tierra Trágame; sí, todos y cada uno de ellos.

Vayamos por partes, hay momentos en los que se debe anteponer la seguridad y la buena marcha del grupo en el recorrido preparado para el día. En esta ocasión, éramos muchos y con distintos niveles para descender por la cara norte de Cueva Valiente. El día anterior revisé el recorrido completo con la gran ayuda de Anne y comprobamos que había algo de hielo en el sendero, muy empinado para que discurran 30 personas con fluidez. Casi estábamos llamando a un tropezón, una caída… algo más grave. Así que la decisión estaba tomada, dejamos para la próxima visitar la cueva y descendemos por la ladera oeste; 300 metros de desnivel para engancharnos con el recorrido original. Pero ya empezaba a picar el gusanillo, desde la salida solo habíamos picoteado algo para mantenernos ligeros. Así que llegamos a un lugar soleado en el que decidimos que es donde nos vamos a dar el homenaje del bocata, la fruta, los frutos secos…

Y aquí sucedió todo, nos esparcimos por la zona formando grupos aleatorios, disfrutamos de nuestros manjares, los compartimos con otros, charlamos pausadamente, puede que de asuntos banales o importantes… pero es nuestro momento como individuos y como grupo. Está fluyendo una sintonía que capto en unos segundos de vídeo. ¿Lo veis, os dais cuenta? Cada uno y todos a la vez sois los protagonistas del día y quedará para siempre en nuestros recuerdos. Todos juntos queremos y todos juntos podemos.

Un rato después nos enganchamos al recorrido original por pistas forestales entre nuestros queridos pinares; nos quiere tanto este bosque que nos regala el avistamiento de una manada de gamos cerca de una fuente, cerca de los acebos.

Ya llegamos y antes de que nos montemos en nuestras máquinas endiabladas y tomemos esas pistas grises llenas de más máquinas endiabladas que nos llevan a casa tenemos que hacer una cosa…

Grupo senderista en el aparcamiento

…sonreír para la foto 😀

¿Cómo resultó el recorrido? 14 kilómetros y 750 metros de desnivel positivo.

El grupo estuvo formado por Alba, Alberto, Ana, Anne, Aránzazu, Belén, Berto, Carmen, otra Carmen, Charo, David, Diana, Elvira, Gabriel, Ibon, Inés, Juanjo, Julio, Luismi, Mafalda, Mónica, Patricia, otra Patricia, Ricardo, Rosa, Silvia, Susana y Yolanda.

Mención aparte merece Thor… debió hacer 28 kilómetros y 1500 metros de desnivel, ¡jajaja!