Si algo os puedo decir a aquellos que desearíais nadar en aguas abiertas, y tenéis temor, es que todos los que lo hacemos, o lo tenemos; o lo hemos tenido y lo hemos superado.

El miedo a las aguas profundas, a la falta de transparencia, a “no saber qué hay ahí”, es algo que se puede considerar normal en todos los seres humanos. No es nuestro medio, por mucho que mostremos pasión y destreza en él, y nos conecta con sensaciones de desprotección, descontrol ,y en muchos casos; un real y sano temor por nuestra integridad y supervivencia.

En ningún lugar como retirados de la costa, o en  el centro de un extenso pantano, nos sentimos vulnerables y desprotegidos, tanto como maravillados.

Una cosa es sentir un miedo que nos lleva a tener francas conductas de evitación, sensaciones físicas de pánico ,y que nos incapacita para desenvolvernos en ese medio, como ocurre con las fobias, Batofobia (fobia a las profundidades), Talasofobia (fobia al océano), Hidrofobia (fobia a estar en el agua); y otra, la inquietud que a veces nos invade antes o durante nuestra actividad en aguas abiertas.

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Esta inquietud, en la mayoría de los casos, no se relaciona con pánico, sino con cierto malestar, y con pensamientos perturbadores que nada tienen que ver con la realidad.

Estos pensamientos que enturbian nuestro disfrute, son totalmente improductivos, y en un primer momento parece que escapan a nuestro control. No es así, podemos hacer algo para detenerlos.

Ya en 1920, un psicólogo, filósofo, Alexander Bain, comenzó a sentar las bases de la técnica de detención del pensamiento. Y como en tantas parcelas de la vida, es cuestión de algo que nos es muy familiar, de entrenamiento.

En muchas ocasiones, la simple compañía de nuestros amigos nadando a nuestro lado, nos hace progresar en el agua con muchísima más confianza. Con amigos, llegamos a lugares que jamás nos plantearíamos llegar solos, y probablemente ni debamos hacerlo. La mente se centra viendo las brazadas ajenas, y teniendo esas conversaciones en momentos de descanso flotando en grupo.

Pero si aún así no logramos disipar esos pensamientos extraños, podemos ayudarnos de esta técnica.

Como la mente tiende a la fantasía y al caos, lo primero que deberemos hacer, es localizar y focalizar cuál es el pensamiento que nos paraliza el gozar de la experiencia, por muy absurdo que nos parezca. Esto no es tan fácil como parece. Os pondré un ejemplo de algunos que he superado yo, “me voy a rozar con la veleta de un campanario de una iglesia de un pueblo sumergido”, “se me va a enredar el pie en una rama de un árbol sumergido”, “quizás haya un barco hundido ahí debajo de mí con su tremenda historia de naufragio”.

Hay que ser lo más concreto posible. No sirve “tengo miedo” sin más. Siempre hay un motivo.

Lo siguiente, sería interrumpirlo. Para esto, nos podemos valer de la respiración profunda y lenta y de la contemplación de el “aquí y ahora” que realmente está sucediendo. Abrir los ojos , y darse cuenta de lo que sí hay alrededor. Arriba, cielo y paisaje, abajo, agua. Alrededor, amigos despreocupados.

Puede ser útil verbalizarlo, y dejar que nuestros acompañantes nos apoyen, o nos hagan reír, o naden más cerca de nosotros y nos hagan sentir más seguros.

A veces, también puede ser útil analizar el contenido de aquello que nos asusta, y buscar “la lógica”. Por ejemplo, las ramas de un árbol demasiado cercano, suelen verse con nuestras gafas. Los animales marinos, o los peces grandes, o los dinosaurios anfibios supervivientes del paleolítico, tienen cosas mejores que hacer que acosarnos, normalmente les asustamos nosotros a ellos.

Cómo no, recordar a qué sí debemos tener miedo. A las corrientes fuertes desconocidas, a que nos sintamos contracturados o enfermos sólos, a la hipotermia, al excesivo agotamiento. Pero como véis, estos miedos no suelen tener tampoco sentido ya que para eso, tomamos las medidas de seguridad que tomamos, no nos adentramos solos adonde no conocemos, e incluso renunciamos a la actividad si las condiciones no son óptimas.

Así que si nos hemos metido a nadar, normalmente las inquietudes que nos asaltan son fantasías.

Y cómo neutralizamos estos pensamientos?. Dándonos “auto instrucciones”, u “órdenes sencillas”. Esto puede ser con el pensamiento, o incluso, verbalizarlas si así nos ayuda más.

Cada uno tendrá la suya, “basta!!”, “ Stop!!”, “ cállate!!”, “para!!”. Os aseguro que con entrenamiento, nuestra mente nos obedece. A la primera, las cosas no “caen del agua”.

Tengamos la humildad y el humor de reconocer nuestros temores, de acercarnos con respeto a un medio tan grandioso como es el agua libre. Aceptemos los consejos y compañía de quienes saben más que nosotros porque tienen más experiencia. No nos neguemos la experiencia de sentir un grado de libertad jamás sentido, si es nuestro deseo. Aguémonos la Vida, no la fiesta.

Pilar Pérez Ferrer

Responsable de la Sección de Aguas Abiertas del Club Tierra Trágame.

………y temerosa habitual.

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