Raúl Regaño

Crónica cumpleaños en Bolarque

11 noviembre 2024

Suena el despertador cuando aún no ha amanecido y me pongo a preparar el macuto con todo el material necesario: neopreno, gorro, guantes, escarpines… ropa de recambio, y también algo de comida para después.

El ambiente a través de la ventana luce helador, lo que me embriaga de esa fascinante sensación de aventura y emoción.

Nadar cuando hace frío… meterse en el agua con ese aura tan mística que el otoño nos deja, es un momento mágico. Lo cierto es que salir con la gente de aguas abiertas siempre es especial, a mí me recuerda a esas películas en las que un grupo perseguido debe huir de algún peligro y para ello se zambullen en aguas peligrosas. Es lo que pienso mientras nado y disfruto como una niña imaginándolo.

Llego al punto de quedada. Allí está ya Miguel Ángel en su autocaravana. No es difícil sentir en su mirada y en sus gestos esa ilusión desbordante por estar allí. Pese a que ya no es un hombre joven (no me lo tengas en cuenta compañero), me fascina la intensidad y las ganas de vivir que tiene. Su espíritu es contagioso, y me encanta.

Al poco rato va llegando el resto… Elena, Silvia, Gabriel, Pilar y Óscar.

A Silvia no la conocía, pero no tarda en salir a la luz ese punto de locura que supongo que nos une a todos los que estamos ahí para hacer lo que hacemos.

Nos disponemos a enfundarnos los trajes de neopreno, no sin antes contar algunas batallitas de aventuras previas relacionadas con hipotermias, para ir calentando motores.

Y llega el momento de acercarse al agua y saltar. A mí me empuja Óscar a traición (esta me la guardo). Sobre la boya de Pilar, amarrada con cinta americana, hay una tarta… Hace unos días fue mi cumpleaños y ha tenido el detallazo de querer celebrarlo dentro del agua. Es difícil no quererla con estos detalles que tiene.

Nos dirigimos hacia el primer saliente de roca antes de girar hacia la Cueva de la Tortuga. Allí paramos, y mientras flotamos, sacamos la tarta, intentamos encender una vela (lo cual no es posible porque extrañamente se ha mojado el mechero) y cantamos el cumpleaños feliz. Tras “soplar” la vela nos restregamos la nata de la tarta por la cara, la comemos a bocados o hundiendo nuestros dedos en ella entre risas y cachondeo. Creo que ha sido mi mejor fiesta de cumpleaños hasta el momento. Fue un ratito muy feliz.

Tras esa parada, seguimos nadando hasta la cueva antes de regresar a la orilla.

Y una vez conseguimos cambiarnos y vestirnos con la dificultad que conlleva el hacerlo con las manos y el cuerpo congelados, repusimos fuerzas zampando como está mandado. La tarde terminaba con unas canciones a la guitarra y armónica de Miguel Ángel, acompañadas por la bonita voz de Silvia.

Gracias a todos por todo. Los días compartidos con vosotros son de esos que no se olvidan y que siempre se recuerdan con mucho cariño.

Deseando que llegue la siguiente, con más frío y más anécdotas que contar.

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