Raúl Regaño

CRÓNICA AGUAS ABIERTAS 3 DE FEBRERO DE 2024, BOLARQUE

26 febrero 2024

Tres de febrero en la “familia cetácea” que me acogió el otoño que busqué con quién compartir la pasión por el agua, en una ciudad a 302 kilómetros -163 millas náuticas- del mar más cercano.

Día extraño por las circunstancias que alejan a los compañeros que hoy no vienen. Positivamente extraño por el fulgor del sol que a estas horas derrite la helada y hace correr el agua hacia el agua.

Cumpliendo un rito, aparecemos alrededor del punto acordado. Anticipamos nerviosos la euforia y el frío. Nos cubrimos de negro -nuestras mejores galas, sin duda- e hinchamos una especie de vejigas anaranjadas a que con infantil empeño confiamos parte de la seguridad. Un resoplido, alguna queja y entramos al agua para interpretar la danza torpe llamada -válgame Dios- “calentamiento”.

No me acostumbro a la primera zambullida, al agua en la sien o colándose por los resquicios del traje. Calmo la respiración; intuyo que es la forma de mantener cierta coordinación entre los miembros tan abruptamente arrojados de la pereza al frío. Unas brazadas más, sitúo a mis compañeros… ¡Estamos nadando!

El movimiento se vuelve más fluido y el frío va dando paso a la euforia, a una felicidad casi absoluta, desbordante. Hay luz en el agua. Buscamos el sol junto a la pared de un cañón, que en un punto se abre formando una bóveda encima nuestro. Primera parada, los ojos vívidos y la emoción exultante. “¡Estás toda roja!”, grita Anne a Laura, que trepa por la pared y hace una pose de gárgola gótica antes de lanzarse de nuevo al agua.

De vuelta, rebasamos el embarcadero, nadando en sentido contrario al que partimos. Phllipe va en cabeza y hasta cuatro veces gritará “Venga…¿un trecho más?” mientras nadamos hacia un meandro. Anne y Ana cierran el grupo. Laura hace y deshace el camino del primero al último, la brazada larga y alegre de un juguete acuático al que hubieran dado muchísima cuerda.

Regresamos cuando empezamos a sentir nuevamente el frío y salimos del agua exultantes. El sol calienta con fuerza impropia de la fecha. Hemos parado en un merendero donde sacamos lo que cada uno ha traído y todos compartimos. Comemos brownie (¡Gracias, Anne!), comemos empanada, lomo con pimientos “chez Ana”, quesos, comemos fruta, comemos, comemos, comemos… Contamos historias. Reímos. En una mesa cercana, una familia cocina mientras los niños juegan.

Ya en casa, recuerdo el sol a través del agua, la cúpula de roca, la euforia, la risa de mis compañeros. Pienso a qué vinimos al mundo.

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