Arrancábamos el segundo día con una ruta similar a la del día anterior en cuanto a distancia y desnivel: 17 kilómetros y poco más de 1000 metros de D+ que nos llevaría hasta el refugio de Migouelou, ya en territorio francés.
Iniciábamos la marcha en suave ascenso hacia los Ibones de Arriel, los cuales bordeábamos aprovechando para admirar las asombrosas vistas que nos dejaba la luz de la mañana, consiguiendo impactantes imágenes de los picos del entorno reflejándose en la superficie del agua. Poco a poco, el camino se iba complicando de camino a la primera dificultad del día: el Col d’Arremoulit. Tan “sólo” a 2450 metros, pero un esfuerzo exigente. Una vez franqueado el paso, iniciábamos descenso hacia los lagos y refugio del mismo nombre, para continuar camino hacia el Lac d’Artouste.
El lago es punto de visita para multitud de montañeros y turistas, ya que resulta de muy fácil acceso con el funicular y tren que parte de Fabréges. Esta localidad es, en realidad, el punto de partida “oficial” de la ruta de los 3000 Ibones. Desde luego, las vistas del lugar, ya en pasada la frontera, merecen la pena. Pero, desgraciadamente, a nosotros, tras las fotos de rigor, nos tocaba continuar la marcha.
Tocaba hacer frente al segundo reto del día: el paso por el Col d’Artouste, a 2475 metros. Y lo peor era que el principio del camino no era especialmente exigente, lo que nos hacía temer que el final iba a ser duro. Efectivamente, tras varios kilómetros nos acercábamos a los Lacs de Carnau para, bordeándolos, iniciar la ascensión final al collado. Que, como era de preveer, era realmente exigente; dificultad a la que se añadía el calor imperante ya entrada la mañana. En todo caso, paso a paso, conseguíamos alcanzar el paso y desde ahí, admirar el impresionante Lac de Migouelou. Ahora ya sí, sólo nos quedaba para concluir la etapa el descenso hasta el refugio, situado junto a la presa del embalse. Cuatro kilómetros que se nos hicieron pesados a todos tanto por el desnivel inicial en el descenso como por el calor que apretaba de lo lindo.
Finalmente, tras casi ocho horas de marcha, alcanzábamos el refugio y la tan ansiada ducha. Oh, wait… que no, que aquí no había duchas… En realidad, algo que ya sabíamos, así que no hubo más remedio que refrescarse e hidratarse de maneras alternativas.
La tarde propició anécdotas varias que os perdéis por no haber venido. El caso es que disfrutamos (unos más que otros) de las sencillas comodidades del refugio y tempranito, tras la cena, retirada a descansar.
Segundo día cumplido con éxito.


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