El frio nos despierta

Todos acogimos con cierta renuencia el retraso que nos propuso Carmen el día anterior a la salida. Quiere dormir, no quiere madrugar, se ira de juerga; eran los comentarios que todos hacíamos sobre la propuesta y la que la propuso. Al día siguiente a las 08:30 con -5º, nos enteramos de que muchos de nosotros habíamos estado de juerga la noche anterior y, unos más que otros, todos perjudicados. Consecuencia, llevamos bajo palio la propuesta de Carmen y no le hicimos la ola porque hacía mucho frio.

Se unieron a la cordada Anne, Pilar y Amando y arrancamos la ruta por la vertiente este para evitar la subida vertical de la sur. No ascendimos al pico de la Miel. Todas sus lajas graníticas eran espejos de hielo. Hubiera sido una temeridad. Parecía que con la subida inicial se habían caldeado los ánimos y los cuerpos y comenzamos nuestro juego. Se trataba de descubrir, basándonos en los hitos recogidos, las formaciones rocosas, las plantas, las aves, y los accidentes del relieve en general.

Ibón, como es habitual en él, comenzo sus explicaciones sobre la vegetación y la flora, desplegando todo su saber en beneficio de todos nosotros. Anne hacia sus pinitos con los “fundamentals” de geología. Carmen era la alumna aventajada en algunos conceptos y Luisa la más curiosa. Los demás tratabamos de aclimatarnos al camino y atemperar nuestros cuerpos y ánimos. Era el arranque.

En plena ruta

Hacia frio y un débil sol no era suficiente para atenuar la sensación de incomodidad ¿Algunos con más frio que otros, no Diana? Era un día especial. Recibimos un premio y no habíamos tenido ocasión de celebrarlo. Sin embargo, no iba a quedar así. Había una sorpresa preparada con la aquiescencia de Ibón y su principal aportación. Ya se vería cuando tocara.   

Seguimos avanzando ante el temor de que las nubes que teníamos enfrente no levantaran y nos complicaran la vuelta. En el collado Alfrecho, lado este de Cancho Gordo, paramos para tomar la decisión de seguir o atajar por el collado y llegar, después de una baja bastante vertical, al Convento de San Antonio y San Julián. Eso nos ahorraría no menos de 3,5 km. La decisión fue seguir y acertamos. Se despejo al panorama y desapareció el posible problema. Nos quedamos con las ganar de hacer cima en Cancho Gordo por las mismas razones que no la hicimos en el pico de la miel. ¡¡¡Volveremos!!! Y las conquistaremos.

Entre pilancones, diaclasas, ortogonales y no, tores (no como el de la Pataki), piedras caballeras, berrocales y domos mezclados con conceptos sobre la erosión mecánica, la meteorización, la absorción de CO2, etc.; habíamos superado Cancho Soyerno, pegado al pico de la Miel, luego caminamos en paralelo al Cancho de las Yeguas y la zona de las Pedrizas y dejando atrás Peña del Águila, nos paramos a observar con cierta admiración el Cancho de la Bola, en un aparente inestable equilibrio y atalaya utilizada como observatorio por los buitres leonados, que con sus excrementos habían pintado de blanco. Vecinos del Cancho de la Bola son el Cancho del Rayo y la Aguja de los Alquimistas.

Seguimos la ruta atendiendo a las explicaciones de Ibón sobre flora y las observaciones sobre litología mezcladas con las leyendas -¿Cuál es el origen del nombre de la Cabrera? ¿de donde viene el nombre de Valdemanco?-, etc. Todo ello entremezclado con conceptos, ya no tan básicos, sobre el calentamiento global, los sumideros de carbono y metano, sus efectos en la Tierra y mecanismos para mitigarlos.

Comenzamos la vuelta y la celebración

A la altura de la Peña del Tejo, giramos a nuestra izquierda para descender hacia Valdemanco. Una mirada cómplice con Ibón nos decidió a descansar al abrigo de un berrocal con el sol de frente calentando al grupo. Nadie sabía nada y de pronto se desplego la mesa del almuerzo con jamón, lomo, salchichón, chorizo, makis y quesos acompañados de varias botellas de champan. Queríamos celebrar el premio entre todos. A la mesa, razonablemente bien surtida, se unieron las aportaciones de todos, destacando el chorizo riojano de Amando y el queso asturiano de Rosa. Ibon hizo las veces de sumiller y descorcho las botellas de champan entre las risas, chistes y alegría general.

En esta ocasión, nuestro “taller exprés”, corto por las circunstancias, se desarrollo alrededor del concepto de Economía Circular y el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) N.º 12. En los próximos talleres vamos a introducir cuestiones de seguridad en montaña. Hoy, comentamos la utilización de la manta térmica y el porqué de sus dos colores; a pesar de que la de Luisa solo tiene uno e Inés se empeña en que sirven para envolver cadáveres.

Superado el cementerio de Valdemanco comenzamos el camino hacia la cabrera por un sendero, si cabe, más bonito que el que trajimos hasta aquí. La visión de la sierra desde su cara sur nada tiene que ver con la norte. Ésta es abrupta, espectacular, vertical y adornada por un sin número de agujas que desde la otra vertiente no se aprecian en su magnitud.

La cara sur de la sierra y hacia el final de la ruta

¿Cuánto falta, pregunta Inés? Una hora le contesto. Seguimos. Comentamos la localización de los yacimientos arqueológicos del castro del Cancho de la Cabeza y el de la Hoya de la Cabeza, sin subir a ellos; pertenecientes al periodo protohistórico de la Edad del Hierro en su etapa carpetana. También comentamos lo básico sobre la necrópolis de la época visigoda, conocida como “tumba del moro” (tumbas excavadas en la roca granítica con una longitud aproximada de 1,85 m, una anchura de 0,48 y una profundidad de 0,40).

¿Cuánto falta, pregunta Inés? ¡Otra vez, Inés! Una hora. Seguimos adelante protegidos por los paredones de la cara sur y atemperados por el tibio sol que, con el avanzar del día, gana fuerza. Llegamos al convento de San Antonio y San Julián, ya en las cercanías de La Cabrera, al que no pudimos acceder.

¿Cuánto falta, pregunta Inés entre las carcajadas del grupo? Una hora le contesto yo. ¡Joder!, dice, llevas una hora diciéndome una hora y llevamos dos andando. No está cansada ni tiene pinta de ello, simplemente tiene ganas de cachondeo. Una vez que lleguemos al Tilo Milenario, nos faltar una hora, el digo, entre el cachondeo general.

En el tilo milenario que casi se me escapa por que lo iba buscando con hojas y es evidente que a esta altura de año no tiene ni una, escuchamos unas explicaciones sobre sus características por parte de Ibón, y seguimos adelante. Coronamos un pequeño repecho y vimos las primeras edificaciones de La Cabrera, ya muy cercanas y, entre el cachondeo general, Inés pregunta: ¿Cuánto falta? Una horaaaaaa, contesta el grupo al unísono.

Finalmente, hacia las tres de la tarde, alcanzamos el inicio de la ruta, 6 horas y 30 minutos después y habiendo recorrido unos 17 km aproximadamente; es decir: 6 veces y media una hora ¿a que sí, Inés?

No faltan las cervecitas en el restaurante, todos al sol y, con ellas comienza la planificación de las próximas rutas. Se asoman unas fechas y una ruta: 24, 25 y 26 de junio por los Valles de Benasque en el Pirineo Aragonés.

Un placer compartir con vosotros