Comenzamos la ruta

A veces uno tiene la sensación de que las cosas van a salir bien. A pesar de la climatología que no auguraba un buen día, algo me decía que ese día iba a ser especial. Los que acudían a la cita eran especiales, tanto como siempre y, por ello, la huella que ese día iba a dejar en cada unos de nosotros sería también especial. Habíamos batido el récord de asistencia y eso merecía una celebración y, además, se habían incorporado nuevos caminantes que, a la postre, se convertirían en socios; Susana, Verónica y, más adelante, Pablo. Un análisis en retrospectiva me dio la razón; solo puede calificarse como un día genial.

Hubo química, emoción, ganas de compartir y de participar; un clima familiar. Si a ello le sumamos el entorno, tan desconocido como asombroso y el día que, conforme avanzaba, se convirtió en el aliado esencial con el que todos soñamos cuando salimos al monte; estaba todo hecho. Solo quedaba dejarse llevar o, como dice una amiga mía, “dejarse de i”.

Por tanto, en la línea de salida estábamos unos cuantos, de siempre, unos cuantos nuevos, en definitiva, unos cuantos, todos, que queríamos que el día transcurriese sereno, bañado por el sol y acunado por la tranquilidad de la dehesa.

La Dehesa

Moncalvillo es un mundo que se transforma conforme la recorres y la descubres. Nuestras miradas, algunas asombradas por el hallazgo de ese entorno, hacían de lo que veían una paleta de colores suaves bañados por una luz prístina que nos envolvía. Allá, en un mundo vegetal aparentemente fuera de lugar, como vigilantes de nuestro camino, descubríamos soberbias encinas alumbradas por una estela luminosa; al fondo una vaguada que se adivinaba ocupada por aguas primaverales; pisábamos con reverencia los prados revestidos de plata por el rocío mañanero, y respirábamos un aire tan puro que nos rejuvenecía, y fortalecía nuestra fe en la naturaleza y el ser humano.

Ciervos, gatos monteses, búhos reales, mochuelos, abejarucos, oropéndolas, abubillas, vencejos, milanos negros y buitres leonados cohabitan, como hace siglos, con la ganadería vacuna y caballar. Claro ejemplo de armonía entre el hombre y la naturaleza, que es lo que la Unesco valoró al declarar Moncalvillo reserva de la biosfera.

 

 

La mistica del lugar

Lo que hace tan grata la naturaleza a los ojos de todos los que la viven es que no nos juzga. A un jabalí, a una cascada o a un enebro les es absolutamente indiferente si somos ciudadanos ejemplares o delincuentes habituales, moros o cristianos, de izquierdas o derechas y viejos o jóvenes. No es que la naturaleza sea estúpida, ni maternal, ni democrática, ni lejana; simplemente es ajena a nuestras convenciones religiosas, políticas, sociales, etc. Somos y significamos tan poco ante tanta grandeza que solo la humildad nos reconcilia con ella. Únicamente la comunión con ella nos convence de lo necesario de la lucha para defenderla.

La senda de la química en familia

Si, la familia de “Caminando entre Experiencias” arrancó la ruta con la ilusión a tope, con conversaciones cruzadas entre los de siempre y los recién llegados, e inauguramos la mañana con sonrisas ante lo que adivinábamos como una mejora notable de la climatología. Muy agradable hasta el punto de que empezó a sobrar la tercera capa a la media hora de caminar.

Seguimos un camino serpenteante, casi a la sombra de encinas y enebros, hollamos con cuidado pastos infinitos habitados por sus apacibles habitantes, que nos saludaban con sugerentes movimientos de su cola o con súbitos quiebros ante nuestra presencia. Atravesamos afloramientos de rocas calizas, diferentes en su origen y composición a lo que nos tiene acostumbrados nuestra querida Pedriza y descubrimos las encinas y los enebros, los jugosos herbazales, los tomillos y retamas y hablamos de sus propiedades y de las leyendas que acompañan a cada una de estas especies vegetales.

La ermita y nuestro taller expres

Al rato, habiendo superado praderas, vaguadas, suaves pendiente y alguna tapia, llegamos a nuestro primer destino; la ermita de la Virgen de Navalazarza, patrona de los “sanagustinenses” (menos original que el nombre de los EE.UU.) que, rodeada de una valla que la mantiene en buen estado de conservación, nos impidió la visita a su interior.

Era el lugar ideal, un pequeño roquedo calizo que nos servía de ágora y a la sombra de una encina, para nuestro ya habitual Taller Exprés. Esta vez el tema elegido era la relación entre las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) y los sumideros de carbono. Creo que fue interesante. Es una problemática muy actual y tuvimos ocasión de ampliar nuestro conocimiento de ello. Dimos cuenta de nuestros respectivos almuerzos que, en esta ocasión y para algunos, estuvieron regados con lo que, de ahora en adelante, será nuestra fuente de estímulos; la bota de vino de los caminantes entre experiencias. Algunos se atrevieron a probar, otros no.

Las cascadas de El Hervidero

De ahí en adelante, siguiendo una suave pendiente entre encinas, enebros y algún roble despistado, fuimos avanzando hacia lo que era nuestro segundo objetivo; las cascadas de El Hervidero. Si debiera poner un calificativo al hallazgo sería “sorprendente”. Nadie se esperaba que después de un acusado pero corto descenso, encontraríamos lo que en las fotos se aprecia mejor y cuya descripción es difícil.

Conforme nos acercamos, un murmullo, casi un susurro, nos acerca al cauce de rio Guadalix, aun sin verlo. Se adivina allá abajo por que estamos descendiendo por un tajo de su cauce entre rocas siliceas, en este caso, que, ayudadas por las coscojas y enebros, guardan el secreto de lo que nos será revelado más abajo. Seguimos descendiendo y el susurro se convierte en la voz del rio que nos anuncia su vitalidad a pesar de la época. Finalmente, superado un desnivel arenoso, con los pies sobre la roca, el rio nos sorprende con su secreto.

Una atalaya de roca silícea excavada en ambos flancos por el agua de milenios, que se derrama en dos chorreras sobre una poza de agua cristalina en una caída de unos 10 metros. En definitiva, un lugar tan mágico como inesperado, sobre el que desplegamos nuestra bandera para inmortalizarnos en él. No nos entretenemos demasiado por la extraordinaria afluencia de gente.

Un gastronómico epilogo

Estamos cerca del final, pero nos espera otra sorpresa como fin de fiesta: el bosque de galería que cubre como un manto verde, aunque no en esta época, el cauce del rio Guadalix. No elegimos el camino fácil, sino el de la orilla del rio. Desde él pudimos apreciar el tapiz vegetal que en primavera nos ocultará el azul del cielo y albergará una ruidosa y colorida vida de avifauna. Los alisos, alerces, chopos, juncos y cualquier tipo de vegetación que haga “buenas migas” con el agua, es bienvenida en ese entorno.

Finalmente llegamos al pueblo después de 5 o 6 horas de caminar y unos 15 o 16 kilómetros. En Davoli, el restaurante seleccionado, nos espera una merecida pitanza de la que el plato mas sabroso es el ambiente y la gente que lo crea. Como no es la mejor época para conocer la dehesa, nos prometimos revisitarla en otoño o primavera. En esta época, falta emoción en las plantas, dinamismo en sus habitantes, luz en sus cielos, agua en sus arroyos y, sin embargo, despliega toda su belleza y nos convence para volver.

¡¡¡Sombrerazo!!! caminantes. Fue un verdadero placer compartir con vosotros las experiencias mutuas. Nos vemos pronto en otro mágico lugar.

Taller Expres: Los Sumideros de Carbono (CO2)